(en inglés)
Museo Dolores Olmedo Patiño
Cada casa-museo es una especie de mausoleo, pero la versión mexicana suele contener las cenizas del patrón. Aquí, el guía te conduce a través de una congregación horripilante de figurines de marfil y retratos retocados (de la amante-mecenas de Diego Rivera) antes de mostrarte el florero principal: Allí está, un poquito mas atrás de la cama roja de terciopelo, al lado de la foto de Juan Pablo II.
Después de haber visto una sobreabundancia de los cuadros del muralista (versiones indiferentes de asesinatos administrativos y chicas en bikini) además de un busto en bronce del mismo maestro—el cual contiene los restos de la desconocida e ilegitima hija suya—uno empieza a alucinar: Los efímeros mártires de la teología de la liberación descienden desde la cima del Ajusco, sobre elefantes sin comillos divagando en estampida hacia la hacienda.
Los restos de Frida se encuentran en este mismo barrio, en la famosa casa azul.
El sistema de seguridad hiperactivo se dispara sin parar mientras uno pasa al frente de la urna de Frida, su silla de ruedas, su caballete, y cantidades llamativas de dibujos de su esposo. Hay también algunos cuadros suyos, ninguno tan cautivante como los retratos sobre la cabecera: Marx, Lenin, Stalin, y Mao, colgados allí supuestamente para revolucionar sus sueños.
Museo Universitario Arte Contemporáneo
Los guías son placenteros y exactos, el arte es moribundo y opaco. La arquitectura es escasa: luz geométrica sobre murallas blancas. Después de haber visto quizás demasiado arte, vagas por uno de los varios vestíbulos de concreto, murmurando una de las paradojas centrales de la vida moderna: ¿Hemos finalmente creado un lugar de libertad sin adornos y límpida, o estamos atrapados en una transparente y monótona prisión?
Nadie contesta, pero al final sales a una cafetería bastante elegante: camareros bien vestidos, todos formados en fila.
La Casa del Arte Popular Mexicano
Los métodos tradicionales de mostrar objetos en orden cronológico u orientación geográfica se relajan; aquí los varios objetos están puestos para lucir. De manera sorprendente, la colección de calaveras, cacharros, mantas, y crucifijos mantienen su dignidad en las pulcras galerías. Lo que suele pasar en la tienda es otra historia.
Museo Nacional de Antropología de México
Como casi todo lo Mexicano, este museo reitera la presencia simultánea de diversas culturas. La estructura ingeniosa de la organización muestra los restos de culturas pasadas en la planta baja, con sus paralelos contemporáneos en dioramas de tamaño natural en el piso superior. Un mundo subterráneo de esqueletos, urnas quebradas, y armas de piedra se reflejan en un cielo de maniquís, cazuelas de barro, y serpentinas de papel.
Me imagino la versión norteamericana: en vez de los Mayas bajo sus descendientes Chiapanecos, uno vería un despliegue muy distinto: Abajo, artefactos antiguos de la tribu Mashantucket Pequot; Arriba, las tristes escenas del casino Foxwoods. Por supuesto, el piso superior de este museo imaginario se encontraría casi vacío.
El primer mural es tan enorme y elaborado que te olvidas inmediatamente de cualquier opinión moderada que tenías del pintor. Te olvidas de Siquieros, Orozco, y Tamayo; también de Picasso y los famosos Italianos; ni te acuerdas de Frida. Esto no es “Muralismo Mexicano del Siglo Veinte.” Mientras aquí permaneces, Diego Rivera tiene su propio siglo, su propio país, su propio arte incomparable.
Afuera en el zócalo, tacones altos chasquean ante cojos y mancos; soldados y taxis verdes rodean a los turistas rosas; diesel e incienso se mezclan sobre la catedral. En unos días, todos llevarán mascarillas azules, pero por ahora no se dan cuenta, rastreando entre vendedores, marchantes, y amantes sin número, enredados en el vago sol del atardecer. El realismo mágico parece una idea redundante.


